Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

Buenos días, martes negro


NO SÉ CÓMO SERÁN LAS COSAS EN EL PAÍS DONDE USTEDES VIVEN, pero acá siempre es martes. No añoro otra cosa que los tranquilos lugares en que hay domingos solariegos, sábados festivos, lunes de pereza o de trabajo. Pero aquí sólo hay y habrá martes, terribles días que comenzarán previsibles en mi cama, húmeda por el sudor, producto de la noche sofocante.
Tras abrir los ojos, caminaré hacia el baño, seguro de que mi esposa se levantará hasta las siete y media, se me pegaron las sábanas, vas a llegar tarde al trabajo, ahorita está tu desayuno. La veo preparando el café, que implacablemente se habrá de enfriar, porque no desayunaré para no llegar tarde al trabajo. Tampoco tendré tiempo de despedirme de los niños.
Distraído, manejaré de manera automática. Al bajar le daré las llaves del auto al acomodador, que mecánicamente lo estacionará entre otros dos. A veces pienso que, aparte de mí, él es el único que sabe lo que pasa, que advierte que el Tiempo se ha descompuesto y repite como disco rayado una y otra vez este día absurdo. Lo creo, porque observo la total indolencia con que toma las llaves, la absoluta falta de cuidado con que se echa de reversa, sin ver el retrovisor, la forma descuidada en que abre la portezuela, que sin embargo no choca con el auto vecino.
Sólo por costumbre, como un ritual, observaré los periódicos del puesto de la esquina. Según sé, aún en los lugares donde hay otros días, aún en donde existen periódicos del miércoles o del jueves, los diarios traen las mismas noticias, aunque algún prurito periodístico los obliga a cambiar mínimamente los encabezados, los países en guerra, los funcionarios declarantes o los equipos de fútbol, para dar la impresión de que existen noticias nuevas.
Pero yo no tengo ni siquiera el consuelo de que cambie el número de muertos de un accidente ni se modifiquen los rostros de los personajes que llenan el puesto. "Saldremos de la crisis", leo día tras día.
Pasaré por la oficina como un fantasma, sin saludar, sin dirigirle la palabra a mis compañeros. Qué caso tiene, no soportaría escuchar los mismos saludos todos los días, las mismas frases hechas, copias de frases y copias de copias. "Cuida tu pinche carácter", me han dicho. Entraré a mi despacho, arrancaré la hoja al calendario y veré la misma fecha: martes 20 de febrero. Martes, ni te cases ni te embarques. Afortunadamente el Tiempo no se estacionó en un martes 13.
No modifico uno sólo de mis movimientos, tal vez por sospecha de que ocurra algo peor. Temo que si altero mínimamente lo que pasa día tras día, el Tiempo podría detenerse en una hora determinada o en un segundo. Sólo de pensar que un minuto de mi vida se repita implacable, tiemblo desesperado.
El trabajo me absorberá a lo largo de la mañana. Serán sólo un par de horas en que ejecutaré las mismas tareas con los mismos errores. Los mismos gritos a la estúpida secretaria que día tras día escribe "recivo". Si perfeccionara mis actos, si corrigiera paulatinamente mis fallos, alguien caería en la cuenta de lo que ha pasado. No, basta con que yo lo sepa.
Probablemente sean los únicos momentos agradables de este día perpetuo. Corrijo: son los únicos momentos en que no tengo conciencia de mi desgracia, en que no me siento atrapado en este día como una cárcel, martes-calabozo, prisión de horas.
Habré casi olvidado mi destino, cuando Pérez me tocará el hombro y me dirá hasta mañana. Entonces recordaré mi condena, saldré al estacionamiento, volveré a manejar mecánicamente entre automovilistas.
No quiero justificarme pero, acaso por la angustia de las acciones repetidas, me iré alterando con el correr de los autos y los minutos. Llego al punto más indeseable, más odiado de este odioso día. En medio de un embotellamiento de horas, giraré la cabeza y veré al tipo que toca el claxon como loco, cállate hijoeputa, las voces subiendo de tono, pues entonces bájate, cabrón, poca tu chingada madre.
Nuevamente, me sorprenderá ver cómo baja del carro con la llave de cruz en las manos, este tipo está loco, golpeando el parabrisas de mi carro.
Abriré la portezuela como en un trance. Trataré de señalarlo, de echarle en cara su idiotez, pero sin que yo sepa cómo, la pistola estará en mi mano (¿cuándo la saqué de la guantera?), pinche imbécil, suenan dos tiros y el tipo bizquea estúpidamente antes de caer frente a mí.
Lo que sigue transcurrirá tan rápidamente que no me daré cuenta: estoy en el suelo, dos hombres, tal vez más, me sujetan, una mujer grita a lo lejos, veo los zapatos correr a mi alrededor, llamen a la ambulancia, llamen a la policía.
No sentiré los golpes que me rompen la nariz ni recordaré más tarde mi declaración ante el agente del ministerio público. Estoy seguro que de un momento a otro me despertará mi mujer, se me pegaron las sábanas, ahorita está tu desayuno. Pero no, nadie me despierta, el día transcurre, me toman una foto que anexan al acta de mi detención.
El dolor de la nariz rota aumentará al quedarme solo en el separo. Por una ventana veo caer la tarde, advierto el calor que debe hacer afuera, pero siento el frío de mi celda. Estoy preso dos veces, en el cuarto húmedo y apestoso a orines, en el martes perenne, reiterativo.
Al llegar a este punto, pienso que lo que ha pasado es muy grave, pero pronto me doy cuenta que, por muy mal que me encuentre, siempre puedo estar peor. Golpean la puerta de metal, se abre una ventanita por la que un policía me "instruye de cargos", me informa de qué se me acusa, me dice que el tipo acaba de morir, estoy detenido por homicidio en agravio de fulano, ya te chingaste, cabrón.
Me acurruco en la celda, me empiezan a doler los dientes. ¿Dónde estará mi esposa? ¿Qué será de los niños? ¡Ni siquiera pude despedirme de ellos!
Enumero los hechos que me trajeron hasta aquí, quisiera no haber comprado la pistola, no haberle hecho caso a ese loco. El sueño me vence, alcanzo a ver la luna por la ventana, se acabó otra vez este maldito día. Pienso en domingos solariegos, en lunes de aburrimiento en la oficina, en el mundo exterior, perdido para siempre.

La vida en el espejo



Los espejos y la cópula son abominables,
porque multiplican el número de los hombres

Borges


AHÍ ESTABA, IMITÁNDOME, TRATANDO DE SEGUIR MIS MOVIMIENTOS, fingiendo ser mi imagen en el espejo. Sin embargo, era obvio que el anciano en el azogue no era mi reflejo, no podía serlo. Aún más, parecía molesto y hasta desesperado, tratando de seguir mis ademanes, moviendo las innumerables arrugas de su cara, en un infructuoso intento de gesticular como yo. A veces, inclusive, se olvidaba de parodiar mi rostro y me dirigía una mirada de rencor, cuando rebasaba la velocidad de sus añejos músculos y lo evidenciaba, al movernos anacrónicamente.
Lo que más lamentable era realizar una actividad que a él le era imposible ejecutar. Cuando me peinaba, por ejemplo, no podía reprimir una mueca de dolor al tallar el peine sobre su cráneo lampiño.
Su aspecto: su cabeza carecía de pelo y en su rostro se acumulaban surcos y pliegues carnosos, hasta casi ocultar sus ojillos de ratón. Me miraba fijamente: un tono rojizo le confería a sus ojos el aspecto de granos de café. De las mangas de su apolillado abrigo (que traía perpetuamente, sin importar si yo me encontraba vestido de otra forma o aún desnudo) salían sus aún más intrigantes manos, blancas, lisas, como si fueran de cera. Sus uñas estaban pintadas de negro o acaso carcomidas por alguna enfermedad. Jamás lo vi parpadear.
Se lo dije a mi esposa: ahí está, día tras día, mirándome, y no sé por qué. Es un viejo enjuto, jorobado y pelón. Sus manos de cera tienen pintadas las uñas. No soy yo, es claro que no soy yo.
Tartamudeaba, buscando las palabras; ante ella me costaba un enorme trabajo reconocer que el viejo estaba ahí, sin que yo pudiera saber por qué. Para qué. Buscando qué.
- Cálmate, no tienes que ponerte así.
- Me tratas como a un niño, como a un loco.
- Mi amor, estás muy alterado, yo no he visto/
- El anciano del espejo existe, aunque no lo veas. Quién es, qué quiere, quisiera saberlo.
Acabé por tapar las lunas del tocador y del ropero. Puse unas gruesas cortinas para librarme del vejestorio. Terminé odiando mi imagen, evitando verme en las ventanas, en los charcos, en las tazas de café. Nunca lo vi ahí, pero temía encontrarme con el viejo y sus ojillos de ratón.
- Esto no puede continuar. Estás obsesionado con ese asunto del anciano. No has dormido bien, estás trabajando demasiado. Deberías ir al médico/
- ¿Y qué le digo? ¿Que hay un vejete que vive en los espejos y que me imita y que sólo yo veo? Me tomará por loco. Si pudieras verlo. Me mira estúpidamente, como si me estuviera preguntando algo. Saca de las mangas de su abrigo sus horribles manos de cera. Su rostro tampoco tiene color. Probablemente tenga vitíligo o haya sufrido alguna quemadura. Es repugnante, ya no puedo seguir viéndolo.
Ella me tomó de las manos e hizo un ademán de que me sentara a su lado, como si me quisiera decir algo muy íntimo, que en el fondo la apenara. Pensé ridículamente que se me iba a declarar.
- Si tú ves al viejo, es algo que a mí no me importa. He aprendido a verte de una forma tan... íntima, que aunque tú fueras el anciano, las cosas no serían diferentes. Además, nunca has tenido miedo a esas cosas. Recuerda: éramos casi adolescentes, jugábamos en un huerto de higueras. Nos tirábamos en la tierra, mirando las nubes y tratando de adivinar cómo seríamos a los 30, a los 40 años. Al nacer nuestro primer hijo nos tomamos aquella foto. Tú dijiste: "cuando era niño, pensaba en ser adulto como algo infinitamente lejano. Ahora me miro al espejo y veo a un señor gordo, casado y con un bebé en brazos. No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague". Probablemente tú veas a un anciano decrépito, pero yo, cuando veo el espejo, veo tu rostro joven, casi tanto como cuando nos conocimos.
Reflexioné en lo que me decía y giré la cabeza para observar el espejo cubierto por la cortina. De repente sentí vergüenza. Arranqué el trapo, esperando descubrir nuevamente mi imagen de siempre. Y así era: cuando miré el espejo, pude verme tal como cuando nació mi hijo. Todo parecía haber vuelto a la normalidad. Junto a mí estaba ella, también joven, igual que en una vieja foto que colgamos de la pared de la sala.
Pero al ver mis manos, temblorosas, blancas como la cera, casi lloré. De mis ojillos redondos, enrojecidos, ojos de ratón, salía una débil mirada rencorosa. Me acerqué al cristal y apoyé las manos en su superficie lisa y fría. Quise imitar al otro, al hombre que me veía sonriente al lado opuesto del cristal. Una débil oleada de resignación me permitió desencorvarme un poco.
Pensé: "¡diablos! ¡Cómo me gustaría estar otra vez ahí, afuera del espejo!"


Para Soco, seis años después

Arcoiris en la oscuridad


..Días y días sin comer, sólo fumando
para espantar el hambre, sí.
Es que quiero ser estrella
una famosa estrella de rock.


Parménides García Saldaña


TODO ERA LODO, TODO ERA ESA SENSACIÓN FRÍA, mierdera, asfixiante del lodo, todo era la oscuridad de ese cuarto, la oscuridad fría y húmeda del lodo. Un reloj dio las nueve de la noche y de lejos llegó un murmullo que había recorrido media ciudad. Sumido en la penumbra Charlie balbucía, en el dialecto de los moribundos, una vieja canción que sonaba en el reproductor.
El cuarto estaba lleno de presencias amenazantes, que desaparecían si volteaba la vista. Las paredes proyectaban figuras que se reflejaban en su rostro como tatuajes, imitando los dibujos que cubren la piel de los saurios y las serpientes.
Aunque la habitación entera parecía vibrar con la música, el hombre tendido en la cama apenas se movía, apenas se notaba en él algún signo de vida. La tos, acaso, hacía que se moviera de vez en cuando. Su vista estaba clavada en el techo y sobre su cabeza cruzaba una banda metálica de colores, que no era otra cosa que la música que salía del reproductor. Esta banda surgía de un pequeño disco que giraba al compás de la canción. "Nuestra generación lo ha olvidado -pensaba. ahora se buscan sensaciones, estados emocionales, no visiones. Ver la música es algo que hemos olvidado".
En vano se esforzó para que sus amigos olvidaran esas búsquedas, esos iris en los que se exalta el ego y el individuo llega a conocer fugazmente la genialidad. Él sólo buscaba el placer momentáneo de aquellas imágenes, que llenaban el techo de la habitación con rojos, anaranjados, verdes y amarillos, que colmaban el espacio y lo hacían viajar y hundirse en las paredes, como si fueran de arcilla.
Muchas veces había visto la música, facultad que la mayoría de sus compañeros habían perdido por su empeño en intentar volúmenes, figuras zoomorfas y no simples grecas, líneas y colores. Ahora veía, quizá por última vez, cómo las paredes corrían desesperadas, cómo giraban poseídas de una locura inexplicable, hasta formar la imagen del disco y sus bandas de colores, cortando literalmente el techo y mostrando una estructura desgarradora, conforme la música que salía del reproductor.

Purple haze was my brain
Lately thing don't seem the same
Actin' funny but I don't know why
'scuse me while I kiss the sky


Con un ojo perdido tras el párpado y el otro clavado en el techo del cuarto, por el que no habían dejado de pasar las imágenes desgarradoras de su iris, de su alucinación, a Charlie le era posible seguir las rápidas evoluciones de la banda, que viajaba ocupando el reducido espacio como una serpiente atrapada en un cajón, cubriendo su piel temblorosa, constatando su muerte, mientras él caminaba mentalmente por las calles que conociera en la onda; había comenzado a cansarse de todo, de andar de aquí para allá, buscando una tocada que apenas le dejaba algunos centavos que invariablemente iban a parar a las manos de algún vendedor de mota, un conecte suspicaz que adivinaba hasta el último de sus pensamientos, mientras le extendía con falsa complicidad las pastillitas moradas, las naranjitas, los purple haze, que eran las presentaciones habituales del LSD. Cincuenta o sesenta pesos; poca cosa a cambio de una noche de revelaciones, de viaje de ideas materializadas.
"Nuestra generación lo ha olvidado; a nadie le interesa ver la música." Casi no recordaba la mañana lluviosa que vio la música por primera vez. Llegó a su casa muy excitado, con el ácido en el bolsillo y el disco de Jimmy Hendrix bajo el brazo. Por un instante pensó que se volvería loco al ver aquellas líneas cruzando frente a sus ojos: se sintió caer en un profundo pozo y luego vio las paredes moverse y quebrarse una y otra vez. "Carajo", fue lo único que atinó a pensar.
Las primeras visiones eran simples, carecían en absoluto de volumen y le causaban una gran confusión; las segundas era producto del desvanecimiento de las primeras. Flotaba en el ambiente un tenue polvo de colores, que al tocarlo se desintegraba sin dejar huella. Era como si el color hubiera escapado de las cosas, pulverizado y corriendo agitado por un viento interno, acariciando su rostro. Las posteriores eran más complejas, porque aglomeraban dicho polvo para formar extraños poliedros de aspecto vegetal y otras figuras de precisión deslumbrante. Por último, tales cuerpos geométricos adoptaban la forma de los objetos que lo rodeaban, suplantando a la realidad o devolviéndole a la misma.

Purple haze all around
Don't know if I'm coming up or down
As I happy or in misery
Whatever it is that girl put a spell on me.


Bajo el influjo de la experiencia componía intrincadas melodías que, según él, explicaban la naturaleza de sus alucinaciones o hacía textos desmesurados, cuya musicalización requería de media hora, pero que glosaban una idea de tres palabras. La madrugada lo sorprendía despidiendo a las últimas viborillas, fosforescentes que salían por la ventana y comenzando su trabajo de relatar la experiencia, de registrar el mundo efímero de sus alucinaciones.
En los primeros días no usaban el cabello largo, pero ya conocía la geografía del mundo de los colores auditivos, de los sonidos visuales, de las arquitecturas ciclópeas pero quebradizas, los signos repetidos mil veces, hasta donde su vista podía llegar.
"Lo hemos olvidado; deberíamos ver la música". En eso pensaba mientras encendía un carrujo y le daba un sorbo a la botella de tequila; submarino le llamaban a eso. Jalar el humo, retenerlo, darle el trago a la botella, soltar el humo. Se sentía nacer de nuevo. Eso era fumar, sentir el paso seco del humo por su garganta: nacer de nuevo, olvidarlo todo, volver a la pasividad oscura del vientre materno.
"Carajo", pensó. Empezó por perder la mañana tratando de escapar de su casa; perdió el hambre el mediodía y el dinero por la tarde. Su padre había encontrado en el fondo del armario la mota, las bachas, los purple haze. "Dijiste que lo dejarías, Carlos. Contigo me siento fracasado, hijo". La droga, el veneno, el mal.
Carajo, por qué hablas así de lo algo que no conoces. No satanices la droga, dad. Si un instante, solamente un segundo, hubiera tenido acceso al mundo que él conocía, si pudiera despojarse de sus horrendas corbatas y de los infames trajecillos con los que acudía rutinariamente a su oficina, no hablaría así. Pero te faltan huevos para eso, dad.
En el cuarto abandonó los vestigios de su vida en esos años: las fotos de Hendrix, la guitarra eléctrica erizada de uñetas, los carteles de algunas de sus tocadas (explanada de esto y de aquello o cancha de basquetbol, 6:30, no faltes), el estante de los discos: Greateful Dead, Mars Bonfire, The Doors, Jefferson Airplane y toda la fauna sicodélica.
Apenas tuvo tiempo de sacar la grabadora y un poco de dinero; todavía aturdido, salió a la calle tratando de ubicarse, buscando un lugar donde seguir. Era lo de siempre, pelarse con su jefe, salir de la casa, volver cuando se le hubiese acabado el dinero.
Tocó a la puerta de un conecte que le cambió una bolsa de mota y un purple haze por algo de dinero y el reloj. Llegó a un hotel de mala muerte con el tequila en la mano, cruzó la puerta ruinosa y se tendió en la cama a alucinar. La tarde se había vuelto repentinamente lluviosa, pero él estaba a salvo. "Lo hemos olvidado", pensaba, mientras la música cruzaba majestuosamente la habitación, como un arcoiris en la oscuridad.

Purple haze was in my eyes
Dont't know if it's a day or night
You've got me slowing, blowin' my mind
Is it tomorrow or just the end of time?


Todo se había vuelto lodo, esa sensación de lodo, pero ahora duro, reseco. Recordaba su vida como algo lejano, como si no le hubiese ocurrido a él. El cassete se había detenido y sólo se escuchaba el chapoteo de la lluvia persistente sobre la calle lodosa; él se revolvía en la cama húmeda por el agua que escurría por la pared. Se sentía cansado y algo decepcionado también, porque al escupir sobre el piso había descubierto unas pequeñas gotas de sangre que flotaban en su saliva; entonces se le ocurrió que aquellas bandas de colores eran sólo sangre de algún vaso capilar, la dilatación de una diminuta vena del globo ocular. Tosiendo, sonrió con tristeza y miró la botella casi vacía: algunas gotas de sangre habían escurrido por sus paredes hasta diluirse en el fondo. "Carajo", fue lo único que atinó a pensar.

Nacer de nuevo


De la muerte, no.
Sálvenme de la vida
Sálvenme de mis ojos
Ya invadidos de gusanos
De la herrumbre de mis huesos
Y del alma

José Revueltas

Bitácora de laboratorio, 1201.DOC
Soñé con mi antiguo cuerpo. Es sorprendente la fidelidad que puede uno guardarle a su envoltura corporal. En mi sueño llegaba desnudo a un baño público, sintiendo las miradas inquisitivas de hombres y mujeres (el baño era mixto). Un poco apenado, iba hacia un rincón y ocupaba una regadera de forma caprichosa, acaso antigua. Al enjabonarme, la piel se me caía a pedazos; debajo de la epidermis quebradiza surgían unos músculos fibrosos, lisos, una piel rojiza que me llenaba de horror.
No recuerdo más: desperté con la boca seca y me dirigí al baño para echarme un poco de agua. Entonces el espejo me devolvió una imagen nueva para mí, la de un joven completamente diferente al hombre que fui hasta hace poco.
Incluso las cosas más simples me parecen maravillosas, como orinar, por ejemplo. Toco un miembro que no es el mío con estas manos húmedas, con esta piel sin arrugas.
Me acerco a la ventana y veo a la distancia la ciudad y su gente, pequeña, limitada. Sólo así me doy cuenta de lo lejos que he llegado. Aún este cuerpo, tan superior al que tuve, no es sino una pequeña concha, una envoltura que más tarde o más temprano tendré que abandonar, para tomar otra y otra y otra.
Abro el periódico y leo sin sorpresa la noticia de mi muerte, el "brutal asesinato del doctor Víctor Andrade Letelier" a manos de un ladrón, que lo apuñala bárbaramente en la calle. Sonrío con un poco de nostalgia. Después de todo era mi cuerpo, aunque no me entristece. Mi estado actual me libera de cualquier remordimiento, de cualquier deseo o angustia por el cuerpo achacoso que me contenía.
Por cierto, me repugnan las esquelas que han publicado esos estúpidos a los que siempre desprecié, lamentando "la profunda pérdida que ha sufrido la comunidad científica", una estúpida comunidad científica, incapaz de imaginar siquiera lo que estaba haciendo. Río para celebrar mi triunfo y desde sus jaulas, como acompañándome en mi risa, escucho maullar al perro y ladrar al gato.


Diario de Elisa, 12 de enero
Todos nos horrorizamos hoy en el laboratorio. Los periódicos estaban salpicados de noticias sobre la muerte del doctor Víctor; fue tan terrible. Cierto que no me caía muy bien, pero no dejaba de ser humano.
A veces era casi simpático; un par de ocasiones me invitó a salir. ¡Qué ocurrencia!, un hombre que podría ser mi padre. Bueno, no importa, el hecho es que hoy que ha muerto me siento mal, creo que debí ceder un poquito; no acceder a lo que él quería, me refiero, sino a haberlo conocido un poco mejor. Era tan maniático, tan loco. Me llenaba de regalos tontos, de flores a las que soy alérgica, ¡de chocolates, que tanto me engordan!
Recuerdo que una vez lo dejé esperando a la salida del laboratorio, el hombre se paseó y se paseó frente a la puerta, pese a que llovía a cántaros. No sé cuánto tiempo estuvo ahí, la verdad es que me quedé dormida y cuando desperté ya no había nadie. Al otro día regresó, me regaló un enorme muñeco de peluche que tenía escrito en la panza (con su letra): Me estoy pudriendo por ti. Qué tipo tan grotesco. Bueno, estoy hablando por un par de experiencias, por cosas sin importancia que me ocurrieron con él.
Debe haber sido terrible para su secretaria anterior: soportó su asedio durante casi seis meses y finalmente renunció. Cuando me entregó las cosas del laboratorio me dijo: "ten cuidado con el viejo, es así y de esa forma". Pero yo sé torear a ese tipo de viejos, le dije. Acepté el puesto con muchas reservas y me fui acostumbrando a su manera de ser. Lo esquivaba como a una mosca molesta, pero inofensiva, pobre doctor.
Sí, de cierto no sé en qué trabajaba, qué hacía realmente, qué podía justificar esos animales muertos. En una ocasión lo sorprendí jugando al Nintendo y en vez de contrariarse me dijo que era parte del trabajo. Es mejor no pensar en él. Según he oído, no han encontrado sus notas de trabajo y parte del instrumental está extraviado. ¿Por qué?, ¿lo robarían? ¿Se lo llevaría a su casa? No lo creo.

Bitácora de laboratorio, 1501.doc
Son innumerables las cosas que tiene uno que aprender para subsistir: ahora he estado a punto de comer detergente. Es intolerable, este muchacho (Federico, nombre al que ahora debo acostumbrarme) tenía todas sus cosas en desorden. Y esa clase de alimentos insípidos: granola, germen de trigo, comida dietética. En un frasco encontré algo que a ciencia cierta no sé qué es, pero que tiene el aspecto exacto del alimento que le daba a mi perro, ¿cómo se puede vivir así? Y su vestimenta, inadmisible. Las playeras y los jeans tal vez sean cómodos, pero su ropa de calle era de pésimo gusto. Como dato curioso, hallé en un rincón del closet, bajo un cubrepolvo de plástico, un espantoso traje de poliéster.
Después estuve observando a los animales: el perro, o más bien la mente del perro en el cuerpo del gato, es la más desconcertada, su agilidad, su fuerza lo sorprenden. No acostumbrado a las proezas felinas, genera movimientos desarticulados, parece pelear consigo mismo. El gato, por su parte, trata de brincar sin lograrlo; su cuerpo actual debe ser inmenso en comparación al que estaba acostumbrado a dirigir. Luego de cansarse se quedó tirado y no se ha vuelto a levantar.
¿A quién le llamo gato?, el gato ahora es el perro y el perro ahora es el gato. Digamos que el cuerpo del gato ahora se mueve de manera desordenada, mientras que el cuerpo del perro yace tirado en un rincón de esta recámara que he habilitado como laboratorio.

Diario de Elisa, 16 de enero
Siguen buscando las cosas del doctor, no aparecen por ningún lado, pero se descubrió algo horrible: en una jaula, en la que sin duda estuvo un conejo, encontraron los restos del animal en avanzado estado de descomposición. Lo terrible, lo monstruoso, es que al parecer el cuerpo putrefacto de este conejo palpitaba, es decir, se movía convulsamente por sí mismo. Según sé, se ha formado una comisión para investigar el asunto.
Descubrir esto y saber que parte del instrumental del laboratorio ya no existe, nos ha sorprendido. ¿A qué se dedicaba el doctor?, ¿qué estaba haciendo? Es un misterio, sobre todo por la lista tan diversa de cosas que han encontrado: cartuchos, cascos y guantes para juegos de video ("de realidad virtual", solía decir), bandejas de cirugía con pinzas y bisturíes, reactivos, generadores eléctricos y hasta un aparato portátil de electroshocks, llamado picana. ¿Qué tenía que ver todo eso con la neurofisiología?
Un neurofisiólogo, un hombre que estaba trabajando en problemas del cerebro, ¿por qué tenía un conejo semivivo y descompuesto en su laboratorio? Es algo que nadie puede explicar.

Bitácora de laboratorio 1901.doc
Hoy vi a Elisa. Es increíble lo que puede hacer el aspecto físico. El encuentro me proporcionó una sensación inédita para mí: se sintió halagada por mi presencia. Escogí muy bien este cuerpo, no cabe duda, además de otros hechos cómodos, como no tener familiares cercanos.
Elisa me permitió, inclusive, que la acompañara por un trecho bastante largo, el mismo por el que tantas veces me eludió. No sé si deba sentirme bien o mal, es tan lamentable; por un momento me dieron ganas de preguntarle si no se daba cuenta de que era yo, bajo otro aspecto, pero básicamente el mismo. Qué decepcionante.
Quedamos de vernos el próximo sábado. ¿A dónde la llevaré? No conozco ningún lugar, es como si hubiera acabado de nacer. A una disco, ni siquiera me gusta esa música; en fin, lo pensaré y estoy seguro de que hallaré el lugar perfecto.
En la calle me comí un hotdog; es un viejo vicio que tengo desde que trabajaba en el laboratorio. Hoy no pude resistir la tentación, y en recuerdo de aquella vida me comí la salchicha, pero inmediatamente me sobrevino una diarrea. Este cuerpo, a pesar de lo fuerte que pueda parecer, es muy delicado y debo alimentarlo con germen de trigo y Coca¬Cola dietética.
Necesito volver al laboratorio para revisar al conejo, aunque probablemente a estas horas lo hayan transferido o destinado a otro experimento. Después de todo a nadie puede llamarle la atención un simple conejo, porque sólo yo sé que no es un simple conejo.
También sería bueno checar las conexiones del casco con que construí el espacio cibernético (ciberespacio) donde se llevó a cabo el traslado. Temo que haya errores que ahora impidan al perro coordinar sus movimientos. Laborioso, este trabajo implica correr un programa que revisa los millones de conexiones físicas entre el cerebro y la máquina. El test completo se realiza en dos días.
En estas condiciones preferiría posponer la cita con Elisa, pero tratándose de la primera, asistiré, con todo y este malestar.

Diario de Elisa, 19 de enero
Por fin dejaron de molestar los policías que iban a ver qué podíamos decirles o qué sabíamos acerca de los posibles enemigos del doctor. Las sospechas corren en el sentido de que para asaltarlo no era necesario emplear tanta saña. No sólo eso, sino que una de las puñaladas le atravesó el corazón; fue un asesinato, pero realizado con minuciosidad quirúrgica. Esperemos que sea lo último que se escuche del infortunado doctor.
Lo que sí me gustaría anotar es la presencia de un muchacho muy simpático, llamado Federico, que me abordó a la salida del laboratorio; por un momento inclusive me pareció que estaba esperándome.
Mostró un interés que no imaginaba a simple vista, y me cayó muy bien. Creo que fue algo así como un flechazo, es muy agradable y un poco loco. Hay un detalle que me ha encantado: por una parte, es muy directo al referirse al impacto que le he causado y no se cansa de decirme que le atraigo. Pero también me parece que no es el tipo de persona que le habla a la primera muchacha que se encuentra.
Incluso me dio la impresión de ser muy tímido, porque su intención, desde el primer momento, era invitarme a salir. Dudó mucho, le dio vueltas al asunto y casi cuando nos despedíamos se atrevió a pedirme una cita. ¡Y tan ceremonioso que parecía estarme proponiendo matrimonio!
A decir de su figura, debe hacer mucho ejercicio. Cerca de él se siente una atmósfera de gran actividad, de gran fuerza física, aunque con el hecho incómodo de su transpiración excesiva. Pecatta minuta.

Bitácora de laboratorio, 2201.doc
Asistí a la cita con el traje de poliéster. Creí que era lo más lógico. Mientras la esperaba me di cuenta de que me quedaba muy ajustado, no podía cerrarlo. Debí haberlo pensado: si estaba bajo el cubrepolvo, era un traje viejo.
Como sea, ella se presentó un poco tarde y con el cabello húmedo. No dije nada, porque advertí que deseaba hacerme esperar y a la vez tener algún pretexto fácilmente comprobable para justificarse.
Este tipo de detalles, que antes me parecían pueriles, cuando no ridículos, ahora los puedo gozar a plenitud. Lo que siguió se me hace difícil de describir: ¡fuimos a una disco a bailar! Exagero, me dejé llevar por la emoción y traté de moverme arrítmicamente, impulsado por su risa. Después tuvimos relaciones sexuales. Por lo menos en ese renglón no hubo novedades. Un incidente casi lo echa todo a perder: a punto de eyacular vi su rostro sudoroso y escuché susurros y pequeños gritos, que no eran en realidad para mí. Finalmente, mi deseo se sobrepuso a mi turbación, así que el hecho se consumó más o menos como esperaba. Al terminar, acaso la impresión desagradable de sentirme atrapado en el cuerpo de otro hombre, acaso el malestar que padezco, me obligó a correr al baño para vomitar. Ni siquiera pude interponer el pretexto de haber tomado algunas copas. Mencioné mi ligera afección estomacal y nos despedimos, luego de formular una nueva cita.
Pese a que cambié mi alimentación y tomé un antibiótico, seguí teniendo problemas con la diarrea; no he logrado controlarla y no sé a qué se deba, pero definitivamente no puedo echarle la culpa a un hotdog. Tal vez tendré que aplicarme un antibiótico más fuerte o de espectro más amplio.
Al llegar al laboratorio encontré que el gato me acompañaba en mi dolor: sus vómitos se esparcían por la habitación, inundándola con su olor vinagriento. Tomé un par de muestras que el cansancio y la debilidad de la diarrea me impidieron analizar.
Es indispensable que sepa qué ocurrió con el conejo.

Diario de Elisa, 22 de enero
Ha sido un día irreflexivo y muy lindo. Al verlo tan tímido, tan incapaz de tomar la iniciativa, lo he impulsado a hacerme el amor, luego de platicar de tonterías y bailar como locos.
Todo comenzó cuando se presentó con un traje pasado de moda y terriblemente arrugado. Me conmovió mucho su intento por vestirse bien, así como lo fallido de su esfuerzo. Debo reconocerlo: aún dentro de su extraño atuendo lucía muy bien.
Me sentí como si saliera no con una persona de mi edad, sino con un niño al que estuviera enseñándole todo. Aunque tal vez lo hace a propósito, porque bailó de una manera muy grotesca, como si tratara de hacerme reír o quisiera que lo enseñara a bailar. Como sea, fue muy divertido.
También para el amor resultó un ortodoxo. Me halaga que sea tan tierno, aunque podría soltarse un poco más, ser más imaginativo. Creo que realmente está enamorado de mí y eso lo hace un tanto torpe.
Sólo empañó la noche, casi perfecta, un malestar estomacal que lo hizo vomitar. Algo me explicó de un cambio de alimentación que no entendí muy bien.
Quedamos de vernos el lunes. No me hago muchas expectativas, no quiero ilusionarme sin fundamento. Quisiera dejarme llevar por lo que siento y por lo que creo que él siente por mí.

Bitácora de laboratorio, 2401.doc
¡Soy un imbécil! Lo eché a perder, me he comportado como una bestia. Tal vez se deba a este malestar que ahora me tiene tan mal, tan irritable; vomité un par de veces, tomé un poco de suero, pero no me ayudó mucho.
Por fin llegué a la cita. Al primer acercamiento noté cierto rechazo por mi olor que, debo admitirlo, es muy acentuado. Me puse loción y desodorante, pero es bastante más fuerte.
En un momento de distracción le pregunté por el conejo. ¡Imbécil! Me miró con horror. Creo que tuvo un atisbo de la verdad. Para salvar un poco la situación cambié bruscamente de tema hacia la cita, preguntándole si iríamos al mismo motel. Ella se mostró indispuesta y dio por concluida la reunión. Entonces traté de persuadirla y me dijo que no le gritara. ¿Gritarle?, no le estaba gritando, ¿o sí?
¡Vaya!, entonces me di cuenta de otro hecho, estoy perdiendo el oído. No sé, no puedo, no atino a saber qué pasa, este cuerpo se está deteriorando. ¿O será un daño previo al intercambio? Federico estaba medio sordo, seguramente por oír esa música espantosa. Además, necesito arreglar las cosas con Elisa. En fin, mañana trataré de congraciarme con ella.
Cuando regresé, descubrí que no podía contener todavía la diarrea, pero aún peor, pequeños gusanos blancos nadaban en el inodoro. Ésa es la causa de esta terrible diarrea, pero ¿cómo?, ¿qué tipo de parásitos? No sé mucho de parásitos. Me aplicaré un vermífugo antes de acostarme.
Eso es lo menos grave. Lo que más me preocupa es el perro: desde el mismo día que se arrinconó en su jaula permanece postrado, no se puede levantar, ni siquiera hace intentos por moverse. El gato se convulsiona espasmódicamente. Le coloqué un termómetro creyendo que tendría fiebre, pero para mi sorpresa tiene una temperatura muy inferior a la normal. Necesito mantenerlos en observación.
El checador de conexiones no encontró ningún desperfecto.

Diario de Elisa, 24 de enero
Nuestra salida fue un desastre y no puedo decir que yo tenido haya nada que ver. Pasando por alto su fuerte transpiración, Federico se comportó de una manera muy extraña, bueno, más extraña de lo que había sido hasta ahora. Divagaba, pasaba de un tema a otro sin hablar de nada específico, como un loco o un borracho. ¿Consumirá drogas? Realmente me asustó.
Pero lo más desconcertante fue que en un momento, sin que mediara motivo, me preguntó por el conejo del laboratorio. Sentí que algo frío recorría mi espalda. ¿Qué sabe él del conejo? La prensa no publicó nada y al personal del laboratorio se nos prohibió hablar del asunto.
No me impresionó tanto el que preguntara por el conejo, tengo que aclarar, sino la forma en que lo hizo. Se veía angustiado por la suerte del animal, estaba ansioso por saber lo que había pasado. Finalmente, incluso me gritó; me asusta. Sin embargo, ahora que lo veo tan confundido, creo que necesita más que nunca mi ayuda. Yo también estoy confundida. Debo dejar de verlo, pero quisiera saber qué pasa. Por el momento, creo que no saldré con él.

Bitácora de laboratorio, 2501.doc
Traté de hablar con ella, de justificar mi actitud, pero se ha puesto muy difícil. Dice que lo pensará. Estoy seguro de que lo volveremos a intentar, eso no es importante por ahora.
He analizado las muestras de vómito del gato y mis excrementos, y encontré -no puedo decir con sorpresa- que los supuestos gusanos que pululan en ambos no son otra cosa que los propios de la descomposición de la carne. Después levanté al perro de su postración y descubrí que también nadaba sobre un charco de gusanos, ¿qué rayos está pasando? Del perro ya no puedo hablar, el desplazamiento evidentemente fue un fracaso, está incapacitado para realizar el menor movimiento.
El juego, por lo que respecta al perro y al gato, ha terminado. El perro se encuentra en un punto de completa inmovilidad y ha perdido signos vitales, mientras que el gato sigue moviéndose desordenadamente, inclusive se araña de vez en cuando.
Por lo que a mí corresponde, la pérdida del oído continúa. Ya no puedo detener la infección estomacal, es muy severa, no puedo ni siquiera hablar de infección, es un proceso completo, degenerativo, una descomposición absoluta. ¿Qué rayos hice?, espero tener tiempo para averiguarlo.

Diario de Elisa, 25 de enero
Hoy me habló por teléfono. Parece que se ha sentido mal. Debe ser hipocondríaco, porque me dijo que además de la infección estomacal padece algún problema en el oído. Le di largas. En general, creo que me gustan los hombres insistentes, los que no se dan por vencidos. Bueno, no, porque a insistente nadie le ganaba al doctor Víctor. Digamos que si me fijo en un hombre me gusta que insista, que ningún esfuerzo se le haga mucho.
Debo medir mis fuerzas. Si estiro mucho la cuerda se romperá y habré perdido a Federico. Quiero estar convencida de su amor, sin que tenga que recurrir a la tortura.

Bitácora de laboratorio, 2801.doc
Fui a verla, le llevé unos chocolates. ¡Ah, maldita sea!, chocolates, no le gustan los chocolates, cómo se me pudo haber olvidado, otra vez lo hice. Todo va de mal en peor, creo que ya no me importa mucho, traté de decirle algunas cosas, me disculpé por el asunto de los chocolates, la veo con angustia como algo que pierdo, como la vista, el oído, todo lo que hoy se aleja de mí, rápido, no, no me gusta decirlo no/
Pero qué rayos, ella tenía que saberlo, si siquiera pudiera ver dentro de mis ojos al que soy, al que vive en/
De qué hablo, ella no debería saberlo, pero de cualquier manera lo sabrá, ya no puedo callar más, le dije, mírame, aquí estoy, encerrado, soy yo, regresé, se me olvidó que no te gustan los chocolates, me he matado a mí mismo para que me quieras, ahora estoy medio ciego y medio sordo, no sé lo que pasó, no sé qué pasará más adelante. Más adelante/
Algo así como una luz, como una revelación, cruzó por mi cabeza rápidamente, creo que después de todo no es importante preservar ni este cuerpo, sino la información que guardo, no es que me dé por vencido, aunque supongo que no hay mucho qué hacer, no voy a poder sostener más tiempo esta situación.

Diario de Elisa, 28 de enero
El amor busca caminos muy retorcidos, Necesité escuchar a Federico gritando incoherencias para darme cuenta que lo amo. Fue necesario que se presentara en la oficina con una ridícula caja de chocolates para sentirme angustiada por su salud mental.
Lo vi tan turbado, tan nervioso, además de pálido y demacrado, que por un momento, sólo por un momento, me pasó por la mente la imagen del doctor con sus absurdos regalos y en ese instante me horrorizó, porque... bueno, porque creo que ese tipo de cosas deben horrorizar. Me impresionaron sus profundas ojeras, su piel azulada, su olor repulsivo, que atribuyó a una especie de tifoidea.
Lo tomé por el brazo y paseamos por los jardines. Estaba muy alterado. "Estoy aquí", me decía, pues claro mi amor, estás aquí y me alegro. "He vuelto", me alegro por los dos. "Estoy aquí adentro, porque te amo". No sé qué quiso decir, pero el amor desesperado que trasmitía su actitud acabó por conmoverme. Nunca nadie me había hecho sentir así. Pensé que mi rechazo de ayer lo había trastornado hasta llevarlo a ese grado de angustia.
"Mira mis ojos, ¿no te das cuenta?" Estaba cambiando, advertí, porque sus ojos habían perdido color, eran grisáceos, carecían de brillo.
Hay algo, igualmente, que no me agrada. Es una persona hipersensible o, en efecto, no está muy en sus cabales. El ligero desacuerdo que tuvimos no era para que se pusiera así. Elaboramos una nueva cita. Espero que más tranquilo me explique lo que pasa.

Bitácora de laboratorio, 0202.doc
Hoy amanecí con el cuerpo llagado, lleno de moretones, segregando gusanos. Es muy difícil explicar lo que uno siente cuando se está viendo morir, no, no cuando se está muriendo porque ya estoy muerto, todo está por derrumbarse, todo está por quebrarse, lo siento, lo veo, ¿qué tiempo más tardarán los vecinos en darse cuenta de esto? El olor ya no lo percibo, pero debe ser insoportable; las moscas revolotean dentro de este cuarto para molestia mía. Ni siquiera tengo fuerzas para levantar los cuerpos del perro y del gato que están severamente descompuestos, parece que es el fin/
Final/ finalmente creo que tengo una idea de lo que ocurrió, traspaso erróneo, trasladé mi mente a un cadáver, el hombre que habito está muerto, solamente mi información cerebral, los impulsos eléctricos que tercamente recorren este cuerpo, mantienen el movimiento de un organismo que está en completa descomposición. Mi cuerpo está incapacitado para llevar sangre, oxígeno a sus células, soy un cadáver ambulante, estoy muerto aunque me mueva, el perro y el gato están por concluir, ¿se concluirá realmente? Se siguen moviendo, bueno, se contraen ligeramente, están muertos los dos animales, ¿qué puedo hacer? ¿qué puedo pensar ahora? Solamente huir, huir a otro cuerpo, pero el proceso degenerativo apenas ha durado veinte o treinta días, necesito cambiar y cambiar la información de un cuerpo a otro mientras descubro de qué manera detener la descomposición de los cuerpos que voy tomando, me siento mal, diferente, casi no oigo y casi no veo, estoy muy deprimido, dentro de poco me va a pasar lo mismo, no voy a poder moverme, ¿qué puedo hacer?

Bitácora de laboratorio 0402.doc
Saldré a la calle. Buscaré en callejones un nuevo sujeto, maldita sea, apenas puedo caminar, pero luego de someterlo con una descarga de la picana eléctrica lo traeré a rastras a mi laboratorio.
(Más tarde) Fracaso. Mi idea de conseguir un nuevo sujeto falló. imposible el correcto traspaso del pensamiento:/ no quiero que se repita mi muerte, no quiero agonizar de nuevo, al ver que el experimento volvería a fracasar desonecté el caso de visión estereoscópica/
me acompaña ahora un ser vegetativo, producto de la prueba fallida. La remoción incompleta debe haber enviado parte de mi mente a su cerebro_el reporte indica que el proceso abortó cuando se había desplazado un veinte por ciento de la información/
no habla, no responde al menor estímulo, lo encadeno previniendo que pueda tener una reacción violenta, mirada vacía, no hay más remedio, estoy atrapado, me preparo para el fin.
Pienso en Elisa. ¡Elisa!

Diario de Elisa, 6 de febrero
Ahora fue él quien me dejó plantada. Parece que quiere jugar. Falta que yo se lo permita.
Había pasado una semana sin que supiera de Federico. Le hablé a su casa y le pedí una explicación. Su enfermedad se ha agravado. Necesito verte. "No, no puedes verme hasta que me alivie". Creo que me debes una explicación: las cosas no acaban así de repente." Pero no creo que quieras saber lo que ocurrió".
Le dije que tenía que explicarme lo que pasaba. Que no importaba qué tan terrible fuera el asunto, debía confiar en mí. Hablar sin miedo de lo que realmente siente. Que debe dejar de rehuirme. Me habló con una voz muy queda, como si tuviera gripe o laringitis, Por fin accedió a explicarme todo, pero dijo que no le creería o no me iba a gustar la explicación.
Como su estado de salud es delicado, acepté ir a su casa.

Bitácora de laboratorio, 0602.doc
Apenas pude colgar /este cuerpo desorganizado
ya no pude la mínima acción, ya no pude siquiera
la hazaña de caminar/ estoy sentado, frente a la computadora apenas distingo letras escribo tan bien como puedo, que no es much_o. Lis viene a pedir una explicación espero tener tiempo para /
(siguen algunos caracteres incoherentes)

Diario de Elisa, 7 de febrero
Después de hoy no volveré a dormir tranquila, después de hoy dudo que vuelva a ser la de antes. Ha sido un día espantoso. Llegué a su casa, toqué en vano. Ante el olor persistente a perro muerto que invadía la casa, un par de vecinos se acercaron alarmados.
Pensé lo peor, que habría muerto... No sé, mil cosas se hicieron nudo en mi cerebro. La policía, que se presentó poco después, abrió la puerta con golpes de hacha. Entonces descubrimos el cadáver nauseabundo, inclinado en la computadora.
Era Federico, sin duda, el hombre con el que hablé ayer y a quien el forense calculó al menos un mes de muerto. Junto a él estaba un sobre con mi nombre y un disco que ya no tuvo fuerzas para guardar en el mismo. Sin que nadie lo notara, lo puse en la bolsa de mi abrigo. Cuando lo giraron pude ver su rostro deforme. En un momento de indescriptible horror, me pareció que murmuraba mi nombre. Por fortuna, perdí el sentido.
Al volver en mí, habían retirado sus despojos y a un hombre encadenado, secuestrado por Federico. Era víctima de un severo shock. La palabra "testigo" no es adecuada, porque según los médicos padece un bloqueo mental, un estado que llaman catatónico. No habla, no entiende lo que se le dice.
Más tarde, en mi casa, leí el contenido del disco. Era para mí, su bitácora de laboratorio, en la que narra su historia, la historia del doctor Víctor Andrade y su experimento. Aún después de haber visto ese cadáver descompuesto y tembloroso, me cuesta trabajo creerlo. Este hombre, el doctor, asesinó a su cuerpo, dentro del cual estaba la mente de Federico. O mató a Federico mientras estaba encerrado en el cuerpo de él. ¡Es para volverse loca! Le pedí una explicación; efectivamente, quisiera no haber sabido la verdad.
Los periódicos han dado cuenta del asunto, a su manera. No me he atrevido a decir lo que sé. ¡Cómo saber si lo que está en este disquete es la verdad! Lo único cierto es lo que ese hombre, o ese cadáver, o ese hombre muerto que se movía, escribió poco antes de volver a morir. Cuando lo retiraron, en la pantalla de la computadora se podía leer: me estoy pudriendo por ti.

Para Leonardo, en el hospital