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Buenos días, martes negro


NO SÉ CÓMO SERÁN LAS COSAS EN EL PAÍS DONDE USTEDES VIVEN, pero acá siempre es martes. No añoro otra cosa que los tranquilos lugares en que hay domingos solariegos, sábados festivos, lunes de pereza o de trabajo. Pero aquí sólo hay y habrá martes, terribles días que comenzarán previsibles en mi cama, húmeda por el sudor, producto de la noche sofocante.
Tras abrir los ojos, caminaré hacia el baño, seguro de que mi esposa se levantará hasta las siete y media, se me pegaron las sábanas, vas a llegar tarde al trabajo, ahorita está tu desayuno. La veo preparando el café, que implacablemente se habrá de enfriar, porque no desayunaré para no llegar tarde al trabajo. Tampoco tendré tiempo de despedirme de los niños.
Distraído, manejaré de manera automática. Al bajar le daré las llaves del auto al acomodador, que mecánicamente lo estacionará entre otros dos. A veces pienso que, aparte de mí, él es el único que sabe lo que pasa, que advierte que el Tiempo se ha descompuesto y repite como disco rayado una y otra vez este día absurdo. Lo creo, porque observo la total indolencia con que toma las llaves, la absoluta falta de cuidado con que se echa de reversa, sin ver el retrovisor, la forma descuidada en que abre la portezuela, que sin embargo no choca con el auto vecino.
Sólo por costumbre, como un ritual, observaré los periódicos del puesto de la esquina. Según sé, aún en los lugares donde hay otros días, aún en donde existen periódicos del miércoles o del jueves, los diarios traen las mismas noticias, aunque algún prurito periodístico los obliga a cambiar mínimamente los encabezados, los países en guerra, los funcionarios declarantes o los equipos de fútbol, para dar la impresión de que existen noticias nuevas.
Pero yo no tengo ni siquiera el consuelo de que cambie el número de muertos de un accidente ni se modifiquen los rostros de los personajes que llenan el puesto. "Saldremos de la crisis", leo día tras día.
Pasaré por la oficina como un fantasma, sin saludar, sin dirigirle la palabra a mis compañeros. Qué caso tiene, no soportaría escuchar los mismos saludos todos los días, las mismas frases hechas, copias de frases y copias de copias. "Cuida tu pinche carácter", me han dicho. Entraré a mi despacho, arrancaré la hoja al calendario y veré la misma fecha: martes 20 de febrero. Martes, ni te cases ni te embarques. Afortunadamente el Tiempo no se estacionó en un martes 13.
No modifico uno sólo de mis movimientos, tal vez por sospecha de que ocurra algo peor. Temo que si altero mínimamente lo que pasa día tras día, el Tiempo podría detenerse en una hora determinada o en un segundo. Sólo de pensar que un minuto de mi vida se repita implacable, tiemblo desesperado.
El trabajo me absorberá a lo largo de la mañana. Serán sólo un par de horas en que ejecutaré las mismas tareas con los mismos errores. Los mismos gritos a la estúpida secretaria que día tras día escribe "recivo". Si perfeccionara mis actos, si corrigiera paulatinamente mis fallos, alguien caería en la cuenta de lo que ha pasado. No, basta con que yo lo sepa.
Probablemente sean los únicos momentos agradables de este día perpetuo. Corrijo: son los únicos momentos en que no tengo conciencia de mi desgracia, en que no me siento atrapado en este día como una cárcel, martes-calabozo, prisión de horas.
Habré casi olvidado mi destino, cuando Pérez me tocará el hombro y me dirá hasta mañana. Entonces recordaré mi condena, saldré al estacionamiento, volveré a manejar mecánicamente entre automovilistas.
No quiero justificarme pero, acaso por la angustia de las acciones repetidas, me iré alterando con el correr de los autos y los minutos. Llego al punto más indeseable, más odiado de este odioso día. En medio de un embotellamiento de horas, giraré la cabeza y veré al tipo que toca el claxon como loco, cállate hijoeputa, las voces subiendo de tono, pues entonces bájate, cabrón, poca tu chingada madre.
Nuevamente, me sorprenderá ver cómo baja del carro con la llave de cruz en las manos, este tipo está loco, golpeando el parabrisas de mi carro.
Abriré la portezuela como en un trance. Trataré de señalarlo, de echarle en cara su idiotez, pero sin que yo sepa cómo, la pistola estará en mi mano (¿cuándo la saqué de la guantera?), pinche imbécil, suenan dos tiros y el tipo bizquea estúpidamente antes de caer frente a mí.
Lo que sigue transcurrirá tan rápidamente que no me daré cuenta: estoy en el suelo, dos hombres, tal vez más, me sujetan, una mujer grita a lo lejos, veo los zapatos correr a mi alrededor, llamen a la ambulancia, llamen a la policía.
No sentiré los golpes que me rompen la nariz ni recordaré más tarde mi declaración ante el agente del ministerio público. Estoy seguro que de un momento a otro me despertará mi mujer, se me pegaron las sábanas, ahorita está tu desayuno. Pero no, nadie me despierta, el día transcurre, me toman una foto que anexan al acta de mi detención.
El dolor de la nariz rota aumentará al quedarme solo en el separo. Por una ventana veo caer la tarde, advierto el calor que debe hacer afuera, pero siento el frío de mi celda. Estoy preso dos veces, en el cuarto húmedo y apestoso a orines, en el martes perenne, reiterativo.
Al llegar a este punto, pienso que lo que ha pasado es muy grave, pero pronto me doy cuenta que, por muy mal que me encuentre, siempre puedo estar peor. Golpean la puerta de metal, se abre una ventanita por la que un policía me "instruye de cargos", me informa de qué se me acusa, me dice que el tipo acaba de morir, estoy detenido por homicidio en agravio de fulano, ya te chingaste, cabrón.
Me acurruco en la celda, me empiezan a doler los dientes. ¿Dónde estará mi esposa? ¿Qué será de los niños? ¡Ni siquiera pude despedirme de ellos!
Enumero los hechos que me trajeron hasta aquí, quisiera no haber comprado la pistola, no haberle hecho caso a ese loco. El sueño me vence, alcanzo a ver la luna por la ventana, se acabó otra vez este maldito día. Pienso en domingos solariegos, en lunes de aburrimiento en la oficina, en el mundo exterior, perdido para siempre.

La vida en el espejo



Los espejos y la cópula son abominables,
porque multiplican el número de los hombres

Borges


AHÍ ESTABA, IMITÁNDOME, TRATANDO DE SEGUIR MIS MOVIMIENTOS, fingiendo ser mi imagen en el espejo. Sin embargo, era obvio que el anciano en el azogue no era mi reflejo, no podía serlo. Aún más, parecía molesto y hasta desesperado, tratando de seguir mis ademanes, moviendo las innumerables arrugas de su cara, en un infructuoso intento de gesticular como yo. A veces, inclusive, se olvidaba de parodiar mi rostro y me dirigía una mirada de rencor, cuando rebasaba la velocidad de sus añejos músculos y lo evidenciaba, al movernos anacrónicamente.
Lo que más lamentable era realizar una actividad que a él le era imposible ejecutar. Cuando me peinaba, por ejemplo, no podía reprimir una mueca de dolor al tallar el peine sobre su cráneo lampiño.
Su aspecto: su cabeza carecía de pelo y en su rostro se acumulaban surcos y pliegues carnosos, hasta casi ocultar sus ojillos de ratón. Me miraba fijamente: un tono rojizo le confería a sus ojos el aspecto de granos de café. De las mangas de su apolillado abrigo (que traía perpetuamente, sin importar si yo me encontraba vestido de otra forma o aún desnudo) salían sus aún más intrigantes manos, blancas, lisas, como si fueran de cera. Sus uñas estaban pintadas de negro o acaso carcomidas por alguna enfermedad. Jamás lo vi parpadear.
Se lo dije a mi esposa: ahí está, día tras día, mirándome, y no sé por qué. Es un viejo enjuto, jorobado y pelón. Sus manos de cera tienen pintadas las uñas. No soy yo, es claro que no soy yo.
Tartamudeaba, buscando las palabras; ante ella me costaba un enorme trabajo reconocer que el viejo estaba ahí, sin que yo pudiera saber por qué. Para qué. Buscando qué.
- Cálmate, no tienes que ponerte así.
- Me tratas como a un niño, como a un loco.
- Mi amor, estás muy alterado, yo no he visto/
- El anciano del espejo existe, aunque no lo veas. Quién es, qué quiere, quisiera saberlo.
Acabé por tapar las lunas del tocador y del ropero. Puse unas gruesas cortinas para librarme del vejestorio. Terminé odiando mi imagen, evitando verme en las ventanas, en los charcos, en las tazas de café. Nunca lo vi ahí, pero temía encontrarme con el viejo y sus ojillos de ratón.
- Esto no puede continuar. Estás obsesionado con ese asunto del anciano. No has dormido bien, estás trabajando demasiado. Deberías ir al médico/
- ¿Y qué le digo? ¿Que hay un vejete que vive en los espejos y que me imita y que sólo yo veo? Me tomará por loco. Si pudieras verlo. Me mira estúpidamente, como si me estuviera preguntando algo. Saca de las mangas de su abrigo sus horribles manos de cera. Su rostro tampoco tiene color. Probablemente tenga vitíligo o haya sufrido alguna quemadura. Es repugnante, ya no puedo seguir viéndolo.
Ella me tomó de las manos e hizo un ademán de que me sentara a su lado, como si me quisiera decir algo muy íntimo, que en el fondo la apenara. Pensé ridículamente que se me iba a declarar.
- Si tú ves al viejo, es algo que a mí no me importa. He aprendido a verte de una forma tan... íntima, que aunque tú fueras el anciano, las cosas no serían diferentes. Además, nunca has tenido miedo a esas cosas. Recuerda: éramos casi adolescentes, jugábamos en un huerto de higueras. Nos tirábamos en la tierra, mirando las nubes y tratando de adivinar cómo seríamos a los 30, a los 40 años. Al nacer nuestro primer hijo nos tomamos aquella foto. Tú dijiste: "cuando era niño, pensaba en ser adulto como algo infinitamente lejano. Ahora me miro al espejo y veo a un señor gordo, casado y con un bebé en brazos. No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague". Probablemente tú veas a un anciano decrépito, pero yo, cuando veo el espejo, veo tu rostro joven, casi tanto como cuando nos conocimos.
Reflexioné en lo que me decía y giré la cabeza para observar el espejo cubierto por la cortina. De repente sentí vergüenza. Arranqué el trapo, esperando descubrir nuevamente mi imagen de siempre. Y así era: cuando miré el espejo, pude verme tal como cuando nació mi hijo. Todo parecía haber vuelto a la normalidad. Junto a mí estaba ella, también joven, igual que en una vieja foto que colgamos de la pared de la sala.
Pero al ver mis manos, temblorosas, blancas como la cera, casi lloré. De mis ojillos redondos, enrojecidos, ojos de ratón, salía una débil mirada rencorosa. Me acerqué al cristal y apoyé las manos en su superficie lisa y fría. Quise imitar al otro, al hombre que me veía sonriente al lado opuesto del cristal. Una débil oleada de resignación me permitió desencorvarme un poco.
Pensé: "¡diablos! ¡Cómo me gustaría estar otra vez ahí, afuera del espejo!"


Para Soco, seis años después

Arcoiris en la oscuridad


..Días y días sin comer, sólo fumando
para espantar el hambre, sí.
Es que quiero ser estrella
una famosa estrella de rock.


Parménides García Saldaña


TODO ERA LODO, TODO ERA ESA SENSACIÓN FRÍA, mierdera, asfixiante del lodo, todo era la oscuridad de ese cuarto, la oscuridad fría y húmeda del lodo. Un reloj dio las nueve de la noche y de lejos llegó un murmullo que había recorrido media ciudad. Sumido en la penumbra Charlie balbucía, en el dialecto de los moribundos, una vieja canción que sonaba en el reproductor.
El cuarto estaba lleno de presencias amenazantes, que desaparecían si volteaba la vista. Las paredes proyectaban figuras que se reflejaban en su rostro como tatuajes, imitando los dibujos que cubren la piel de los saurios y las serpientes.
Aunque la habitación entera parecía vibrar con la música, el hombre tendido en la cama apenas se movía, apenas se notaba en él algún signo de vida. La tos, acaso, hacía que se moviera de vez en cuando. Su vista estaba clavada en el techo y sobre su cabeza cruzaba una banda metálica de colores, que no era otra cosa que la música que salía del reproductor. Esta banda surgía de un pequeño disco que giraba al compás de la canción. "Nuestra generación lo ha olvidado -pensaba. ahora se buscan sensaciones, estados emocionales, no visiones. Ver la música es algo que hemos olvidado".
En vano se esforzó para que sus amigos olvidaran esas búsquedas, esos iris en los que se exalta el ego y el individuo llega a conocer fugazmente la genialidad. Él sólo buscaba el placer momentáneo de aquellas imágenes, que llenaban el techo de la habitación con rojos, anaranjados, verdes y amarillos, que colmaban el espacio y lo hacían viajar y hundirse en las paredes, como si fueran de arcilla.
Muchas veces había visto la música, facultad que la mayoría de sus compañeros habían perdido por su empeño en intentar volúmenes, figuras zoomorfas y no simples grecas, líneas y colores. Ahora veía, quizá por última vez, cómo las paredes corrían desesperadas, cómo giraban poseídas de una locura inexplicable, hasta formar la imagen del disco y sus bandas de colores, cortando literalmente el techo y mostrando una estructura desgarradora, conforme la música que salía del reproductor.

Purple haze was my brain
Lately thing don't seem the same
Actin' funny but I don't know why
'scuse me while I kiss the sky


Con un ojo perdido tras el párpado y el otro clavado en el techo del cuarto, por el que no habían dejado de pasar las imágenes desgarradoras de su iris, de su alucinación, a Charlie le era posible seguir las rápidas evoluciones de la banda, que viajaba ocupando el reducido espacio como una serpiente atrapada en un cajón, cubriendo su piel temblorosa, constatando su muerte, mientras él caminaba mentalmente por las calles que conociera en la onda; había comenzado a cansarse de todo, de andar de aquí para allá, buscando una tocada que apenas le dejaba algunos centavos que invariablemente iban a parar a las manos de algún vendedor de mota, un conecte suspicaz que adivinaba hasta el último de sus pensamientos, mientras le extendía con falsa complicidad las pastillitas moradas, las naranjitas, los purple haze, que eran las presentaciones habituales del LSD. Cincuenta o sesenta pesos; poca cosa a cambio de una noche de revelaciones, de viaje de ideas materializadas.
"Nuestra generación lo ha olvidado; a nadie le interesa ver la música." Casi no recordaba la mañana lluviosa que vio la música por primera vez. Llegó a su casa muy excitado, con el ácido en el bolsillo y el disco de Jimmy Hendrix bajo el brazo. Por un instante pensó que se volvería loco al ver aquellas líneas cruzando frente a sus ojos: se sintió caer en un profundo pozo y luego vio las paredes moverse y quebrarse una y otra vez. "Carajo", fue lo único que atinó a pensar.
Las primeras visiones eran simples, carecían en absoluto de volumen y le causaban una gran confusión; las segundas era producto del desvanecimiento de las primeras. Flotaba en el ambiente un tenue polvo de colores, que al tocarlo se desintegraba sin dejar huella. Era como si el color hubiera escapado de las cosas, pulverizado y corriendo agitado por un viento interno, acariciando su rostro. Las posteriores eran más complejas, porque aglomeraban dicho polvo para formar extraños poliedros de aspecto vegetal y otras figuras de precisión deslumbrante. Por último, tales cuerpos geométricos adoptaban la forma de los objetos que lo rodeaban, suplantando a la realidad o devolviéndole a la misma.

Purple haze all around
Don't know if I'm coming up or down
As I happy or in misery
Whatever it is that girl put a spell on me.


Bajo el influjo de la experiencia componía intrincadas melodías que, según él, explicaban la naturaleza de sus alucinaciones o hacía textos desmesurados, cuya musicalización requería de media hora, pero que glosaban una idea de tres palabras. La madrugada lo sorprendía despidiendo a las últimas viborillas, fosforescentes que salían por la ventana y comenzando su trabajo de relatar la experiencia, de registrar el mundo efímero de sus alucinaciones.
En los primeros días no usaban el cabello largo, pero ya conocía la geografía del mundo de los colores auditivos, de los sonidos visuales, de las arquitecturas ciclópeas pero quebradizas, los signos repetidos mil veces, hasta donde su vista podía llegar.
"Lo hemos olvidado; deberíamos ver la música". En eso pensaba mientras encendía un carrujo y le daba un sorbo a la botella de tequila; submarino le llamaban a eso. Jalar el humo, retenerlo, darle el trago a la botella, soltar el humo. Se sentía nacer de nuevo. Eso era fumar, sentir el paso seco del humo por su garganta: nacer de nuevo, olvidarlo todo, volver a la pasividad oscura del vientre materno.
"Carajo", pensó. Empezó por perder la mañana tratando de escapar de su casa; perdió el hambre el mediodía y el dinero por la tarde. Su padre había encontrado en el fondo del armario la mota, las bachas, los purple haze. "Dijiste que lo dejarías, Carlos. Contigo me siento fracasado, hijo". La droga, el veneno, el mal.
Carajo, por qué hablas así de lo algo que no conoces. No satanices la droga, dad. Si un instante, solamente un segundo, hubiera tenido acceso al mundo que él conocía, si pudiera despojarse de sus horrendas corbatas y de los infames trajecillos con los que acudía rutinariamente a su oficina, no hablaría así. Pero te faltan huevos para eso, dad.
En el cuarto abandonó los vestigios de su vida en esos años: las fotos de Hendrix, la guitarra eléctrica erizada de uñetas, los carteles de algunas de sus tocadas (explanada de esto y de aquello o cancha de basquetbol, 6:30, no faltes), el estante de los discos: Greateful Dead, Mars Bonfire, The Doors, Jefferson Airplane y toda la fauna sicodélica.
Apenas tuvo tiempo de sacar la grabadora y un poco de dinero; todavía aturdido, salió a la calle tratando de ubicarse, buscando un lugar donde seguir. Era lo de siempre, pelarse con su jefe, salir de la casa, volver cuando se le hubiese acabado el dinero.
Tocó a la puerta de un conecte que le cambió una bolsa de mota y un purple haze por algo de dinero y el reloj. Llegó a un hotel de mala muerte con el tequila en la mano, cruzó la puerta ruinosa y se tendió en la cama a alucinar. La tarde se había vuelto repentinamente lluviosa, pero él estaba a salvo. "Lo hemos olvidado", pensaba, mientras la música cruzaba majestuosamente la habitación, como un arcoiris en la oscuridad.

Purple haze was in my eyes
Dont't know if it's a day or night
You've got me slowing, blowin' my mind
Is it tomorrow or just the end of time?


Todo se había vuelto lodo, esa sensación de lodo, pero ahora duro, reseco. Recordaba su vida como algo lejano, como si no le hubiese ocurrido a él. El cassete se había detenido y sólo se escuchaba el chapoteo de la lluvia persistente sobre la calle lodosa; él se revolvía en la cama húmeda por el agua que escurría por la pared. Se sentía cansado y algo decepcionado también, porque al escupir sobre el piso había descubierto unas pequeñas gotas de sangre que flotaban en su saliva; entonces se le ocurrió que aquellas bandas de colores eran sólo sangre de algún vaso capilar, la dilatación de una diminuta vena del globo ocular. Tosiendo, sonrió con tristeza y miró la botella casi vacía: algunas gotas de sangre habían escurrido por sus paredes hasta diluirse en el fondo. "Carajo", fue lo único que atinó a pensar.

Mi cadáver



LE GUSTABA DESAYUNAR CON EL DIARIO. Era uno de sus escasos momentos de tranquilidad a lo largo del día. Le gustaba el olor de la mantequilla derretiéndose lentamente sobre el pan tostado. Le encantaba sentir sobre la nariz el vapor que salía de la taza de café y cómo el líquido tibio le mojaba los bigotes, que limpiaba rápidamente, antes que el difícil clima de septiembre lo enfriara y lo hiciera estornudar.
Era tanto el gusto por el diario en el desayuno que, con sólo un pequeño esfuerzo, podía imaginarse comiendo las hojas una por una, ya fuera untada de mantequilla la plana de sociales o remojada en el café la sección de deportes. No lo hacía porque el periódico era una barrera, una pequeña muralla con la cual se aislaba de su esposa. La podía imaginar al otro lado, la bata de dormir irremediablemente descosida, los cabellos en meticuloso desorden.
Adivinaba que en el momento que dejara el diario sobre la mesa, ella volvería a acosarlo con su insistencia, pide un aumento de sueldo, ya no nos alcanza para nada, dijiste hace un mes que hablarías con tu jefe.
Fingía leer el periódico, brincando de una foto a otra, retardando la perorata de su esposa, leyendo ocasionalmente los encabezados. Pero esta vez ella no esperó. Atravesando la débil barrera de papel, escuchó su voz avinagrada:
-¿Ya hablaste con tu jefe?
No depuso su actitud. Trató de guardar compostura. Para no demostrar su mortificación, habló mirando las hojas del diario.
-Ayer estuve a punto de hacerlo -ensayó con voz amable. Inclusive, hice antesala en su oficina. Pero hubo una junta urgente y ya no le fue posible atenderme.
Su imaginación, de suyo pobre, se desgastaba de excusa en excusa. ¿Cómo decirle que no podía plantear tal cosa a su jefe, que continuamente lo reprendía por su trabajo, que no desarrollaba a satisfacción? "X -le había dicho- no quiero tener más quejas de usted. Me dicen que es déspota, que trata a la clientela con grosería. Piénselo, no hay muchos empleos como éste."
Casi vio a su mujer, a través del diario, jalándose las solapas de la bata harapienta.
-¡Puros pretextos! ¡Tienes catorce años en la empresa y ganas casi lo mismo que cuando entraste! ¡No piensas en mí, ni en tus hijos, ni/
Cerró los oídos. La frase es metafórica, pero al cabo del tiempo había aprendido a hacerlo tan bien que casi podía sentir cómo se doblaban sus orejas para cubrir sus oídos. Trató de aislarse nuevamente en el periódico y eso lo hizo caer accidentalmente en la sección de policía.
Al ver la fatal noticia tuvo que colocar el diario sobre la mesa. Su rostro debe haber adquirido una expresión angustiosa, porque su esposa calló de repente, para preguntarle qué ocurría.
-Parece que encontraron mi cadáver.
Su esposa cambió de actitud. Casi comprensiva, lo tomó de la mano y le dijo:
-Debe ser un error. Pide permiso en tu trabajo y ve a la Morgue, para aclarar el asunto.
Llamó por teléfono. "Es más fácil pedir disculpas que pedir permiso", se dijo con cinismo autocomplaciente, sintiendo que por un momento era él quien trataba con desdén a su jefe, quien tomaba la batuta, aunque sólo a larga distancia, sin atreverse a dar la cara.
Curiosamente, el administrador del negocio no chistó. Siendo algo tan grave, ni siquiera ese capataz con corbata, ese microscópico patán, se había atrevido a chistar. "Atienda ese asunto, X. Pero si, como espero, todo es una falsa alarma, mucho le agradeceré que se presente inmediatamente a su puesto con toda diligencia".


LLOVIZNABA. PODÍA SENTIR SOBRE SU CABEZA NUBES NEGRAS, tal vez de smog, revolviendo las ideas opresivas que cruzaban por su mente. Caminó mirando el suelo, como si con eso pudiera evitar la lluvia.
Al llegar al depósito de cadáveres lo recibió una enfermera hosca, sentada tras un escritorio. Fingió ser amable. No hubiera podido tratar mal a una persona que como él tenía que lidiar con toda clase de desconocidos.
-Disculpe, me dijeron que habían encontrado mi cadáver.
-Camine hasta el fondo del pasillo. Pregunte por el forense, se llama Miguelito.
Era un largo pasillo, estrecho y sin puertas, el piso muy pulido, las paredes limpias, salvo ciertas manchas producto de la humedad. Entró a un cuarto que más que sala de operaciones parecía la cocina de una fonda.
Preguntó por el doctor Miguel. Se le hizo ridículo que un hombre acostumbrado a lidiar con cadáveres se llamara Miguelito. Del fondo del cuarto surgió la vocecilla del forense.
-¿Qué quiere?
-Me dijeron que habían encontrado mi cadáver.
-¿Cómo se enteró?
-Lo leí en el diario.
Le pareció molesto que el así llamado Miguelito no se dignara a mirarlo al preguntarle. Actuaba como si en efecto estuviera muerto y careciera de sentido dirigirse a él. Su inocultable tufo alcohólico le pareció una muestra de lo mal que andaban las cosas dentro de la administración pública. ¡Encargar a un ebrio asuntos tan delicados!
-La cosa sería muy simple -dijo el forense arrastrando la voz. Usted me acompaña al refrigerador, le muestro los cadáveres y me dice cuál es el suyo.
¡Vaya! Muy simple, decía este cuidamuertos. Pero tendría que repasar una pequeña galería de horrores para, tal vez, encontrarse con que ya estaba muerto. ¿Y qué hacer entonces? ¿Cómo decírselo a su esposa, a sus hijos? ¿Cómo explicarles que los dejara en una situación económica tan comprometida, sin ningún patrimonio, sin siquiera un seguro de vida? El que este tipo lo creyera tan fácil lo irritó sobremanera. Trató de mantener la calma. Finalmente, si en efecto estaba muerto, el que se molestara o no, sería intrascendente para el resultado.
-Siendo tan sencillo, por qué no lo hacemos y listo.
-Digo que sería muy simple. Sin embargo, hay algunos trámites previos que debe hacer.
Un burócrata. Sólo a un burócrata se le ocurriría hablar de trámites cuando estaba en juego su propia vida. Hizo un gran esfuerzo para no decir lo que pensaba de aquel sujeto.
-Primero, debe pedir una autorización para ver los cadáveres. Ésta se consigue en la jefatura del Servicio Forense y sólo ante el médico forense en jefe. Debe llevar una identificación oficial con fotografía reciente.
-Si eso es todo, no hay problema. Tengo la identificación y puedo hablar con el forense jefe. Si me indica dónde...
-Pero con el forense jefe podrían surgir nuevas contrariedades: estudios, peritajes. En cambio, si usted quiere que arreglemos esto de manera más rápida...
Corrupto. No sólo tendría que pasar el trago amargo de identificar su propio cadáver, sino que aparte tendría que darle una mordida a este sujeto. No, ni podía hacerlo ni lo haría.
-Hablaré con el jefe forense o como se llame y arreglaré las cosas por la buena. Y le haré a usted el favor de no mencionar nada del asunto.
La mirada de Miguelito se cargó de lástima rencorosa.
-Puede hablar con quien quiera. Y perder su tiempo y su dinero en trámites inútiles. Pero a final de cuentas, tendrá que venir aquí y sólo yo seré quien le abra la gaveta. Y si está muerto, tendré mucho gusto en despanzurrarlo y hacerle la autopsia.
Sonaba a broma, pero había un brillo malévolo en los ojos de Miguelito. Limpió sus lentes en el saco negro, pringoso de mugre y le mostró a X algo que casi lo hizo vomitar.
-La ley nos permite utilizar algunos cadáveres para prácticas y disecciones. Observe estas fotos.
¿Eran verdaderamente prácticas médicas? A los cadáveres se les había arrancado la piel a zarpazos, con cortes irregulares que no podían proceder de instrumental quirúrgico alguno. Ciertas partes de su anatomía, venas, arterias, vísceras, se resaltaban grotescamente con tinturas azules y rojas. Los cuerpos disecados parecían hacer muecas de dolor.
-Vaya pues, don X -amenazó Miguelito. Pero aquí estaré, listo para pintarle las venas con azul de metileno -y se rió de buena gana.
Miró al hombrecillo midiendo el valor de sus palabras. Algo en el fondo de X se removió y un súbito ataque de dignidad inflamó su pecho. No, era absurdo que su destino estuviera en manos de este tablajero y no se iba a intimidar por unas fotos que podían ser un mero fraude.


DANDO TUMBOS ENTRE PASILLOS Y ESCALERAS, llegó al fin a la oficina del jefe del servicio forense.
La puerta estaba entreabierta y esto lo invitó a pasar sin anunciarse. El así llamado forense en jefe estaba forcejeando sobre su escritorio con una mujer joven, cuyas largas piernas lo abrazaban por la cintura.
-¿Es usted el jefe del forense? -preguntó X con la voz más neutra y sin acentos que podía.
Sorprendido, el doctor se incorporó, mientras la mujer se acomodaba la falda y cerraba su blusa. Otro tanto hizo el forense en jefe, cerrándose apresuradamente la bata.
-¿Quién rayos es usted? ¿Por qué entra sin llamar?
-Vengo de tener un penoso encuentro con el forense Miguelito -dijo X, seguro de dominar la situación. Se ha negado a abrir la gaveta del frigorífico argumentando una serie de tonterías.
-Explíquese, por favor. ¿Por qué usted le pidió a Miguelito que abriera una gaveta y por qué supone que él debería de hacer lo que usted le ordenara?
-Bien. En el periódico leí que habían encontrado mi cadáver. Para cerciorarme he ido a la Morgue y...
-Ya. Comprendo perfectamente. Pero entonces ¿por qué ha venido acá?
-El forense Miguelito me dijo que usted debería de extenderme un permiso o de lo contrario, debería darle un soborno.
-¿Eso dijo? Vaya, pues sí que está raro. Nuestras autoridades han realizado una reforma para moralizar a la administración pública. La corrupción es cosa del pasado y el trabajo de los funcionarios es vigilado celosamente por la contraloría.
-¿La escena de hace rato es parte de esta moralización?
Dijo esto como tratando de asestar un golpe definitivo, aunque apenas lo hubo dicho se sintió un tanto ingenuo. Era obvio que el forense en jefe se estaba disculpando y decía todo eso de la moralización no porque lo creyera o porque tratara de convencer a X, sino como una mera defensa.
-Olvidemos el incidente -replicó el médico en son de paz. La señorita aquí presente redactará el permiso, yo lo firmaré y con ello todo quedará resuelto. ¿Qué le parece?
-Le agradezco su atención -respondió X en un tono voluntariamente solemne e hipócrita a la vez. Muy a su pesar comprendió que finalmente había dado un soborno, en forma de su silencio.
La secretaria, apenada, escribía con la cabeza gacha, tratando de taparse la cara con el cabello mientras redactaba el escrito. Luego lo pasó a su jefe, para que éste lo leyera y finalmente lo signara. En el momento que ella se puso de pie, pudo reconocerla. Era una vieja amiga, a la que lo había ligado un sentimiento muy especial.
-¡ Z ! ¡Tantos años sin vernos! ¿Qué ha sido de tu vida?
X sintió que algo tibio, como un trago de café, le recorría el pecho. Una gran amargura lo hostigó, tratando de adivinar cómo habría sido su vida si en vez de casarse con la que ahora era su esposa, lo hubiera hecho con Z. Acaso lo más triste para él fuera el verla en su actual situación, como amante de su jefe.
-A veces me acuerdo de ti -confesó, ignorando la presencia del forense en jefe. Pienso en lo que habría pasado si yo...
-Olvídalo. Somos el producto de nuestras decisiones y de nuestras indecisiones. Y no creas que soy menos infeliz que tú, en esa indigencia emocional que es tu vida de casado.
Le extrañó esa afirmación. ¿Sería posible que el tedio de su matrimonio fuera tan grande que cualquier persona lo pudiera notar en su rostro? Un sentimiento mezquino lo hizo sentirse mejor, al saber que ella tampoco era feliz.
-Somos a un tiempo, lo que quisimos y lo que no quisimos ser -confesó, a manera de disculpa. Yo acepté con resignación mi naturaleza cobarde, aunque no acabé de aceptar mi destino.
-¿Todavía me quieres? -inquirió ella.
La pregunta era antinatural y hasta impertinente y trasladó a X a un pasado que se había propuesto olvidar. Pero, igual que ahora las palabras se le enredaban en la garganta, en aquella época, en un pasado sin cronología, él tampoco había enfrentado una situación que hoy se le hacía infantil y que entonces le había parecido insalvable.
-Hay un momento en que todo puede ocurrir -dijo él con tristeza- en que las cosas pueden alcanzarse con sólo estirar la mano. La madurez consiste en aceptar que ese tiempo ha pasado y admitir las cosas, por terribles que parezcan. Ya ves, probablemente yo esté muerto sin saberlo.
-Si es así, resuelve tus problemas. Créeme, yo ya resolví los míos. -contestó Z.
Entonces ambos cayeron en la cuenta de dónde se encontraban y voltearon hacia el forense en jefe, que había estado ausente de toda esta plática.
-Aquí tiene la autorización, señor X -manifestó con amabilidad. Y le ruego que disculpe todos los inconvenientes.
-Por el contrario, fue un placer.


VOLVIÓ A LA MORGUE CON AIRE DE TRIUNFO. Tenía por fin el permiso para abrir el refrigerador. Pidió hablar con Miguelito, dándole un aire familiar a su voz, como si se tratara de un viejo amigo al que fuera a saludar.
-Mi estimado galeno, tengo la autorización del jefe de los forenses. Y ahora, quiéralo o no, tendrá que abrir ese compartimento.
-Bien. Llene esta forma y acompáñeme al refrigerador. Y por cierto, no soy doctor.
Después de anotar sus generales, X caminó hasta un cuarto contiguo. Ahí estaban las gavetas del frigorífico, tal como las viera en una película.
-Éste siempre es un momento difícil -dijo Miguelito con molestia mal disimulada. Hay personas que no lo resisten y se desmayan. Los más, sufren ataques nerviosos. ¿Cree usted que lo puede resistir?
"Mata más la duda que el desengaño", pensó. No sólo lo podría resistir, sino que deseaba hacerlo. Quería saber de una vez por todas la verdad, por triste que fuera.
-Claro -dijo adoptando un aire de seguridad- acabemos con esto de una vez.
Esperó lo peor. Oyó con pánico el chirriar del cajón. Sin embargo, un minuto después suspiró con alivio.
-No, no soy yo.
-¿Está seguro?
Fijó su atención en el cadáver que se le mostraba. Un hombre de treintaitantos años, sin rasgos notables, acaso parecido a él mismo. Hinchado, de piel ligeramente verdosa, su rostro tenía una expresión de absoluto cansancio, de fastidio total. "Parece que ni muerto puede uno descansar", pensó X.
-No, es claro que no soy yo. ¿De dónde sacaron esa idea?
-Quizá traía documentos a su nombre, quizá una identificación. Creo que eso no tiene importancia.
Cerró la gaveta de un empujón. Luego se volvió hacia X, despidiéndose con una nueva amenaza.
-Por hoy, puede estar tranquilo. Pero piénselo: más tarde o más temprano tendrá que pasar por mis manos. Siempre lo estaré esperando.
Ni siquiera se volvió para responderle. ¿Qué se creía este tipejo, que viviría eternamente, que sería una especie de aduana inevitable? Tantas cosas podían pasar que acaso fuera el cadáver de Miguelito el que cayera en manos de X.


TODAVÍA ESTABA A TIEMPO DE VER UNA VIEJA PELÍCULA en la televisión y tomar una taza de café.
-Ya llegué, vieja. Y ¿qué crees? todo fue una error. Ése no era mi cadáver.
El rostro de ella cambió, pasando de la curiosidad o la aflicción, a la decepción y la molestia.
-¿Y eso qué quiere decir? -dijo recuperando su voz avinagrada, jalando las solapas de su bata descosida. ¿Que mañana hablarás con tu jefe del aumento de sueldo? Porque yo ya no tengo ropa ni tus hijos tienen/
Levantó el diario lentamente y cerró los oídos. Ansioso, se dirigió a la sección de policía. "¡Estúpido!", pensó "¿por qué no dije que sí era mi cadáver?"